Un año después, Ourense sigue en silencio: la huella de los incendios aún no se borra
Hace un año, Galicia sufrió una de sus peores catástrofes ambientales: más de 110.000 hectáreas quemadas, especialmente en Ourense. La tierra todavía está negra y muchos paisajes parecen páramos, sin vida, sin esperanza.
Este desastre dejó heridas profundas en la flora, fauna y en las comunidades que dependen del campo. La sequía prolongada y las altas temperaturas facilitaron que el fuego arrasara sin control, poniendo en jaque a vecinos, agricultores y ayuntamientos.
Las consecuencias son evidentes: pérdidas irreparables para el ecosistema, economía local dañada y un sentimiento de inseguridad que no desaparece. La gente sigue con miedo, preocupada por lo que puede volver a ocurrir, y con recursos insuficientes para prevenir futuros incendios.
Para los ciudadanos, esto significa vivir con la incertidumbre de un verano más en tensión, con la sensación de que todo puede volver a arder en cualquier momento. La prevención y el cuidado del monte deben ser una prioridad, pero aún hay mucho por hacer desde las administraciones y cada uno en su día a día.
Ahora, lo que se necesita es una reflexión profunda y acciones reales. Los afectados deben exigir más recursos, mejores infraestructuras y políticas efectivas que protejan su entorno y su vida. La recuperación será larga, pero el compromiso de todos es imprescindible para evitar que el próximo verano vuelva a traer destrucción.